Hacia una Iglesia joven que abraza el Kairos de las Comunidades Juveniles
Por: M.Th. Walter Antonio Membreño Castillo
Resumen
Desde la Dirección Ejecutiva del Centro Diocesano de Catequesis de Santiago de María, contemplamos con profunda esperanza los brotes de renovación que el Espíritu Santo está suscitando en medio de nosotros. En el marco del cambio de época que atravesamos, la transmisión de la fe a los jóvenes no puede reducirse a esquemas instructivos ni a estructuras arcaicas que ya no responden a las búsquedas de las nuevas generaciones. Asumiendo las orientaciones del documento vaticano Venite ad me y las directrices de la Segunda Carta Pastoral de nuestro Obispo, Mons. William Iraheta, “Vayan y Enseñen” este artículo nos interpela a vivir el Kairos de Dios: avanzar decididamente hacia la implementación de las Comunidades Juveniles Diocesanas, dar un verdadero protagonismo a los jóvenes en nuestras parroquias y renovar la centralidad del primer anuncio (kerigma).
1. Sembrar con esperanza en el Kairos de Dios
Al contemplar el caminar catequético de nuestra iglesia particular de Santiago de María, el corazón los pastores y de los y las catequistas no puede sino llenarse de una profunda y gozosa esperanza. Todo el trabajo que venimos realizando en nuestras parroquias, esto es, la consolidación de las Escuelas de Catequesis, la formación permanente de los catequistas en talleres vicariales y parroquiales, junto al CEDICAT, los itinerarios adaptados por edades y la preparación sacramental, no es un esfuerzo estéril ni un mero mandato institucional. Es una verdadera siembra en el campo de Dios1.
Estamos convencidos de que todo lo que hoy sembramos con esfuerzo, entrega y oración, dará sus frutos abundantes a su debido tiempo. El Señor de la historia no abandona a su Iglesia. Vivimos un auténtico Kairos – un tiempo de gracia, de oportunidad divina y de renovación profunda – que nos invita a alzarnos por encima del desencanto o del cansancio pastoral. Como nos recuerda el Dicasterio para la Doctrina de la Fe en sus consideraciones sobre la transmisión de la fe, las dificultades culturales de nuestro tiempo no deben conducirnos a la desesperación, sino a una adhesión más consciente, gozosa y convencida a la persona de Jesucristo2.
Este Kairos nos urge a hacer de nuestra iglesia diocesana una “Iglesia joven”: una comunidad que no se arruga ante los desafíos del mundo contemporáneo, sino que respira el aire fresco del Evangelio, sale de sus inercias y se deja renovar por la vitalidad del Espíritu Santo.
2. De las estructuras arcaicas al dinamismo del Kerigma
Para ser una Iglesia verdaderamente joven, debemos tener la valentía evangélica de revisar y superar aquellas estructuras arcaicas que encierran la fe en una mera instrucción académica o en una burocracia sacramental. Durante mucho tiempo, la catequesis corrió el riesgo de entenderse como un “estudio” que concluía con la recepción de un sacramento, produciendo lo que tristemente hemos constatado en tantas parroquias: que la Confirmación se convirtiera en el “sacramento de la despedida”.
El documento Venite ad me nos advierte con claridad que la transmisión de la fe ha dejado de producirse de manera “automática” a través de la cultura o la tradición familiar3. Hoy atravesamos un verdadero “cambio de época” que exige centrar toda la acción eclesial en la primacía del primer anuncio: el Kerigma. No se trata de transmitir recetas ni de exigir normas morales antes más bien, de propiciar el encuentro vivo con Cristo Jesús. El corazón del anuncio que debemos gritar a los jóvenes es sencillo y desarmante: “Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte y ahora está vivo a tu lado cada día para iluminarte, fortalecerte y liberarte”4.
El kerigma no es un contenido teórico que se aprende y luego se olvida. Es el eje permanente que debe impregnar cada encuentro catequético, cada homilía y cada reunión pastoral. Solo una fe nacida de la experiencia de sentirse amado e interpelado por Cristo tiene la capacidad de sostener la vida de un joven en medio de las tempestades de la cultura contemporánea.
3. Aceptar el reto: Los jóvenes como protagonistas y maestros del hoy
En este esfuerzo renovador, nuestra diócesis asume plenamente las palabras de nuestro Obispo, Mons. William Iraheta, en su Segunda Carta Pastoral “Vayan y Enseñen”: los jóvenes no son simplemente el “futuro” distante de la Iglesia, sino el “ahora de Dios” y los actores principales de la transformación social y eclesial en El Salvador5. Evangelizar a las nuevas generaciones representa un verdadero reto pastoral que no podemos esquivar por comodidad o miedo al cambio.
Como bien señala Gabino Uríbarri al analizar el encuentro con la juventud en un mundo líquido, la evangelización efectiva exige pasar de un lenguaje frío y conceptual a una comunicación testimonial, interpersonal y afectiva6. Es necesario superar el lenguaje de los papeles fríos e inertes, que aleja a los jóvenes y ofrecerles mediaciones que hablen a su corazón: la belleza del arte, la fuerza de la música, el silencio contemplativo, la experiencia comunitaria y el compromiso solidario.
Darles un verdadero protagonismo significa pasar de una postura paternalista (que es muy dañina para la Iglesia, aquellos que quieren controlar todo y todos) a una cultura de la escucha activa, de la acogida incondicional y de la co-responsabilidad. Los jóvenes poseen una sensibilidad única para detectar la autenticidad del testimonio, una sed insaciable de pertenencia comunitaria y una generosidad desbordante para el servicio y la solidaridad con los más pobres7. Si no les abrimos
espacios reales donde puedan volcar sus carismas, sus lenguajes, su arte y su creatividad, seremos responsables de ahogar la vida que el Espíritu quiere infundir en nuestras comunidades.
4. Comunidades Juveniles Diocesanas: El nuevo horizonte pastoral
Con inmensa alegría y responsabilidad, como Centro Diocesano de Catequesis nos vamos acercando a un paso histórico en nuestra iglesia particular: la implementación de las Comunidades Juveniles Diocesanas en cada una de nuestras parroquias.
Este proyecto responde directamente al vacío que históricamente se abría tras el sacramento de la Confirmación. En su Segunda Carta Pastoral, Mons. William Iraheta establece que el itinerario de formación catequética por edades (de los 5 a los 14 años) culmina formalmente en la Etapa de Madurez y Misión a los 14 años con la Confirmación8. Sin embargo, la carta pastoral subraya explícitamente que el camino de la fe no concluye allí, e insta a coordinar las diversas pastorales parroquiales para ofrecer un acompañamiento permanente que evite la dispersión de las nuevas generaciones9.
Las Comunidades Juveniles son la respuesta concreta a esta llamada. No se trata de crear un grupo cerrado más, sino de constituir verdaderos espacios de fe y fraternidad donde los jóvenes puedan:
- Profundizar en el encuentro personal con Jesucristo a través de la oración, la lectura creyente de la Palabra de Dios y la vida sacramental.
- Experimentar una auténtica fraternidad, donde se sientan acogidos en sus dudas, valorados en sus búsquedas y acompañados en su proceso vocacional y humano.
- Aprender y enseñarnos mutuamente: Las comunidades juveniles tienen mucho que enseñar a los adultos, a los catequistas, a los sacerdotes, a todos. Nos enseñan a hablar con sencillez, a romper con el lenguaje frío de una formula o de un canon, a utilizar los lenguajes digitales con audacia misionera y a vivir una fe más alegre, espontánea y comprometida.
- Asumir el envío misionero: Construir artesanos de paz y agentes de cambio social en los cantones, caseríos y ciudades de nuestra diócesis.
Como nos enseña el magisterio de la Iglesia, la fe no se consolida en la soledad, sino en el seno de una comunidad que acoge, celebra y envía10.
5. Conclusión: Aceptar el desafío con alegría
Para todos los agentes de pastoral y familias de la Diócesis de Santiago de María: el Señor nos sitúa en una hora privilegeda. No tengamos miedo de desinstalarnos, de salir de los esquemas de siempre y de abrir de par en par las puertas de nuestras parroquias a la juventud.
La evangelización de los jóvenes es un reto mayúsculo, pero es, sobre todo, una gracia desbordante. Sembremos con la certeza de que Dios está obrando en el corazón de nuestras familias y de nuestros jóvenes.
Walter Antonio Membreño Castillo
Notas y Referencias Bibliográficas
- Cf. G. Uríbarri, Jesucristo para jóvenes: Claves pastorales para un mundo líquido, Sal Terrae, Santander 2022, pp. 217-220, donde se describe la vocación del evangelizador como un “pastor sembrador” que confía pacientemente en el Señor de la cosecha sin pretender controlar rígidamente los tiempos del fruto.
- Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Venite ad me: Consideraciones sobre la transmisión de la fe cristiana en el cambio de época, Ciudad del Vaticano 2026, nn. 5-8.
- Ibídem, nn. 12-15.
- Ibídem, nn. 22-26; cf. Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 164.
- Mons. William Ernesto Iraheta Rivera, “Vayan y Enseñen” Segunda Carta Pastoral sobre la Catequesis: «La alegría de transmitir la fe en la Iglesia particular», Diócesis de Santiago de María, 2025, nn. 88-92.
- G. Uríbarri, op. cit., pp. 105-112.
- Cf. Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Venite ad me, nn. 113, 115; G. Uríbarri, op. cit.,
pp. 43-45.
- Mons. William Ernesto Iraheta Rivera, op. cit., nn. 151-155.
- Ibídem, nn. 141, 155.
- Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Venite ad me, nn. 39-40, 87.
M.Th. Walter Antonio Membreño Castillo, es Director del CEDICAT